viernes, 20 de febrero de 2009

la semilla del mal

Cuando alguien alude a una visión estalinista refiere al culto a la personalidad en la relación entre ciudadanos y gobernantes, cuyo aspecto mas destacable es una jerarquización en las interacciones sociales en donde se definen claramente las diferencias de clase. En este caso se hablaría concretamente de gobernantes y gobernados como si ambas convivieran en armonía en un estado totalitarista. Mucho me temo que muchos que se refieren a ello no tienen idea de la semántica de su discurso, de los alcances de sus palabras. Por lo tanto, hay que remontarse a otras palabras de vieja data, como "mejor que decir es hacer... y mejor que prometer es realizar", "esos estúpidos que gritan", o "la sinarquía internacional"; aludo a ello porque los mismos que levantan la voz hoy en crítica al "estado benefactor" son los mismos que golpeaban la puerta de los milicos para que intervengan y solucionen los problemas sociales. De ahí que este discurso es a todas luces ridículo, vergonzoso e impertinente, porque vivimos en un estado democrático; por lo consiguiente, la demagogia del totalitarismo no proviene en este caso del estado, sino de los opositores fragmentados en grupos sin ideas, proyectos ni consenso popular. Acá no tenemos un régimen, tenemos un gobierno al que seguramente hay que discutirle sus decisiones, pero no de ésta manera, utilizando elementos lingüísticas arcaicas carentes de significado.
Es verdad que parece que hay un culto a la personalidad de Cristina, o de Néstor, pero nada que ver con lo que se alude, y menos con Chávez, Morales o Castro. También es verdad que la oposición no existe, entonces hay que construir una que surja de nueva sangre política, de ése modo vamos a la reconstrucción de un país con mayor bienestar social. Incluso en una época de agobio como ésta.

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