domingo, 15 de noviembre de 2009

Tractatus

A pesar de las controversias, dedico este poema a Ludwig Wittgenstein, quien fuera en mi vida creativa uno de los mayores maestros teóricos a los que recurrí.





Ese que sabe de su vida, no yo,
no sabe lo que sabe o que conoce, tan profundamente,
ni el miedo
el que está, muy en su interior, ni
a lo ha servido, tan obedientemente.

El mundo en que vivimos, procreando la poesía,
y los signos vivos, inscriptos, imperceptiblemente;
se encuentran con su miedo, atroz, en las mañanas,
cuando despierta con su dolor de brazos,
luego de morirse cada noche.
Es el momento en que hay que decidir lo que hay que hablar,
decirlo a rajatablas,
y también lo que callar,
callarlo, silenciarlo para siempre (que no queden vestigios).

En éstos avatares del placer,
la estética divina está presente,
uno es Dios, se siente Dios (el Creador),
y tira una palabra en el papel,
sin saber si es adecuada, tolerable, frágil o indolente,
brutal o encarnizada,
de la que después pendemos como locos,
ilusos perdularios del amor.
Y a ratos nos creemos invencibles,
eternos, sin pensar en los lunes, martes, miércoles, jueves, viernes,
sábados, domingos,
cual es el último instante en nuestra vida.

Espejo de todos los espejos,
fragilidad total,
es el vector que dice lo que somos.
Y es aquel que nunca olvida,
Implacable.

Entonces aparece en nuestras mentes la liberación,
que calla todo asunto, y es la lógica viva del dolor,
la conciencia de saber que lo verdadero
no se busca en lo que escrito,
escrito está,
sino entre todo lo que siempre o casi siempre,
consiente o no,
se calló.




© 2009 by Eduardo Dante Dall´Ara

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